Swift

Qué difícil la despedida

Fueron muchos años.
Amé, lloré, me enojé, me decepcioné, me alegré, me sentí muy orgullosa, me puteé con medio mundo, cerré puertas muy fuertemente, me fui al baño a respirar, me enfermé, y miles miles de veces me sentí impotente.

Me acuerdo del primer día, era la única chica en un grupo de 13 hombres. Convivíamos en un cuartucho en donde siempre había buen humor.

Si uno estaba cruzado, se sabía que no había que hablarle y aún así nos reíamos hasta que te ponías de buen humor. Casi se agarraron a piñas una vez, y pusimos música bien fuerte para pasar ese mal rato.

Tuvimos una mini cancha de golf, jugamos béisbol con los sobrecitos de condimentos del McDonald's, hicimos telas de areñas con cinta scotch por toda la oficina. Malgastamos útiles de oficina, hicimos de la oficina una sala de ensayos, rompimos ventanas jugando al metegol y por la tarde pusimos música que más de uno se levantaba a bailar.

Más tarde, una mudanza y estábamos en un lugar más grande, con gente a la que le molestaba si nos reíamos fuerte, o si subíamos el volumen. Sabíamos que todo comenzaba a cambiar.

Pasaron 5 años de eso.

Muchos se fueron a otros lados, a otros los fueron y de esos 14, hoy quedamos 3.

En una semanas más me voy.

Dolió tomar la decisión, lo pensé mucho, dudé, lloré, me reí, me cagué de miedo y decidí que es hora de irme.

Sigo con la duda, no voy a mentir, pero qué difícil la despedida.
Te encariñás con las personas, con el proyecto y te vas porque sí. Porque basta, porque es hora.

Qué difícil la despedida pero más difícil se me hace la bienvenida en lo desconocido, en un lugar nuevo, en donde la oficina ya no me queda a 3 cuadras, ni la comida es tan rica.



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